Este fin de semana en Lalín Observer participó en la mesa redonda sobre Patrimonio e Desenvolvemento Local del Congreso de Arqueoloxía do Deza (CAD26), celebrado los días 21 y 22 de marzo en Lalín, Pontevedra. Fue un espacio de conversación honesta y constructiva entre arqueólogos, administraciones, investigadores y empresas. Lo que sigue recoge algunas de las ideas que llevamos a ese debate.
Lalín (Pontevedra) es un buen lugar para pensar en el patrimonio arqueológico como recurso vivo. La comarca del Deza concentra una riqueza excepcional: más de treinta castros solo en el municipio, conjuntos megalíticos, tradición investigadora consolidada y una comunidad local que lleva años vinculada a ese legado. Es exactamente el tipo de territorio donde el patrimonio puede convertirse en algo más que un bien protegido: en una oportunidad real de desarrollo sostenible.
Esa convicción es la que llevamos al congreso de arqueología CAD26. Y también algunas reflexiones sobre cómo acelerar ese camino.
Una ventaja competitiva que no se puede copiar
El patrimonio arqueológico tiene algo que ningún destino puede fabricar: autenticidad irrepetible. El yacimiento no se mueve. Obliga al visitante a desplazarse al territorio, a comer allí, a relacionarse con la comunidad local. Es, por definición, un recurso que activa la economía de proximidad.
A esto se suma que el turismo arqueológico y científico está creciendo de forma significativa. Hay un público que no quiere solo ver, quiere entender, participar, hacer preguntas a los investigadores. Un público que valora la autenticidad sobre la espectacularidad. Y que, cuando encuentra un destino que le ofrece esa experiencia, vuelve y lo recomienda.
"El reto no es tener más recursos patrimoniales. Es crear las condiciones para que los que ya existen generen valor real en el territorio."
La clave, en nuestra experiencia, está en algo que parece sencillo pero requiere esfuerzo y voluntad: que los distintos agentes implicados trabajen juntos desde el principio. No en fases sucesivas, sino de forma simultánea, cuando todavía hay margen para que cada perspectiva influya en las decisiones.
Lo que cambia cuando se trabaja en paralelo
Cuando un investigador sabe desde el inicio que su trabajo va a tener una dimensión turística, puede documentarlo pensando también en cómo se va a contar. Cuando un técnico de turismo conoce el valor científico real del recurso, puede diseñar experiencias basadas en conocimiento de primera mano. Cuando una empresa local sabe con antelación que va a existir un recurso visitable, puede prepararse y formarse. Y cuando la comunidad participa en el proceso desde el principio, por ejemplo a traves de proyectos de Ciencia Ciudada, el vínculo que se genera es mucho más sólido que el de cualquier campaña de comunicación posterior.
Un buen referente de este enfoque son los Geoparques Mundiales de la UNESCO, cuya filosofía es explícitamente ascendente: la implicación comunitaria no es un requisito de última hora, sino el punto de partida. Primero el territorio, después la estructura. El patrimonio arqueológico puede funcionar con la misma lógica, y hay territorios en Galicia con todas las condiciones para intentarlo.
Una figura que marca la diferencia
Uno de los elementos que más facilita esta coordinación es contar con un profesional que entienda las distintas lógicas y sepa moverse entre ellas: lo que hemos llamado un mediador patrimonial-turístico. No es un técnico de turismo al uso, ni un arqueólogo reconvertido. Es alguien capaz de traducir entre el lenguaje de la investigación y el del desarrollo territorial, de acompañar a un ayuntamiento en el acceso a fondos como PSTD o Leader, y de mantener viva la conversación entre agentes que habitualmente trabajan por separado. Sería algo parecido a lo que sería un técnico de transferencia.
Esta figura no necesita inventarse desde cero. Puede financiarse a través de programas ya existentes, desarrollarse en el marco de proyectos concretos y, una vez consolidada, convertirse en un activo permanente del territorio.
El camino más corto: empezar pequeño
En nuestra experiencia, los modelos de gobernanza más sólidos no nacen de grandes acuerdos institucionales, sino de proyectos piloto bien diseñados y bien documentados. Un primer proyecto concreto, a escala manejable, donde los distintos agentes se sientan a trabajar juntos antes de que nada esté decidido, genera aprendizajes que ningún manual puede sustituir. Y genera confianza, que es el verdadero punto de partida de cualquier colaboración duradera.
La conversación del CAD26 nos dejó con una sensación clara: el interés está, el conocimiento está, la voluntad está. Lo que hace falta es crear los espacios y las estructuras que permitan que todo eso se traduzca en proyectos reales, sostenidos en el tiempo y con impacto visible en el territorio.
Con las condiciones mínimas: un investigador dispuesto a colaborar, un recurso con potencial divulgativo y un municipio o asociación con interés real. No tiene que ser ambicioso. Tiene que ser concreto y documentable.
Una sola pregunta compartida al inicio vale más que muchas reuniones de seguimiento: ¿Qué necesita cada uno de nosotros para que este recurso genere valor real en el territorio?
Cómo se tomaron las decisiones, quién participó, qué se aprendió. Esa documentación es la mejor candidatura posible para una segunda fase de financiación, y la prueba más convincente para otros territorios que quieran replicar el modelo.
Ese es exactamente el trabajo en el que Observer quiere seguir contribuyendo.
